To Respect or Not to Respect

In Japan people still wear masks. Many Japanese wore masks before the pandemic – and the Spanish writer Blasco Ibáñez mocks the Japanese of the beginning of the XXth century in his La vuelta al mundo de un escritor (The World Tour of a Writer) for «increasing the ugliness of the Japanese» with this «poultice». Nowadays the mask is worn by everyone, indoors and outdoors, in the street, and even in the countryside, in the mountains. Few faces with oriental features are seen uncovered. But not so of Westerners, and I am somewhat repulsed to come across them, to observe foreigners abusing a rule that the locals scrupulously follow. It is a comparative lack of respect, as if contempt for the docility of their hosts were written on their uncovered faces, as if they were smarter, better looking. I would also like to take off my mask, which is very uncomfortable with my glasses, and with so many changes of temperature in places and transport, but modesty prevents me from doing so, a shame I have that, if it were not known and accepted willingly, would be painful. Many of the norms in Japan are followed by the Japanese because of the enormous peer pressure that pervades all activities, which greatly increases the difficulties of being different. I am probably also a victim to some extent of the effect of this pressure when I wear the mask.

A few days ago I visited Ise Shrine near Nara. The buildings of the two temples, the spaces surrounding them and the manicured parks and forests in which they are located are exquisite, lush and luxurious, a pleasure for most visitors, religious or not. For me, the visit gave me some displeasure, especially when I witnessed a lady approaching a Shinto priest and requesting a rite of which I can know no more than what I saw: the woman held out an envelope to the priest and took off her coat, which she left resting on a bench; the priest threw a pinch of something that looked like salt on either side of the woman; the two went around the fence of the temple’s central courtyard, inaccessible to visitors like me, and entered the grounds; The priest then gave way to the lady who stepped forward and, with great reverence and recollection, clapped her hands twice; they then retraced their steps. I found the behaviour as haphazard and pretentious as I experience that of Catholic priests, with little effort of estrangement, on the few occasions when I have to attend a mass, generally for rather sad reasons. All temples are the product of the fear of death, and the more precious and cared for they are, the more they convey to me the sensation of successive generations of individuals, often enslaved, trying to avoid their anguish by diverting resources towards the construction and improvement of these facilities. It is not that I have an ideological stance on this, but simply that this idea grips me throughout the visit, preventing any other feeling, any partial enjoyment. I observed the Shinto ritual that day from the same, unavoidable, point of view.

For all this, I had to do myself a particular violence when, on leaving the temple grounds and passing under the torii, the wooden arch at the entrance, instead of turning around and, facing the temple, bowing twice like all the Japanese people with me, I continued resolutely forward. Surely no one minded my defiance, and only I suffered and enjoyed it.

Respetar o no

La gente en Japón todavía lleva mascarilla. Muchos japoneses llevaban mascarillas antes de la pandemia —y Blasco Ibáñez se burla de los de principio del siglo XX en su La vuelta al mundo de un escritor, por “aumentar la fealdad del japonés” con esa “cataplasma”—. Ahora la mascarilla la lleva todo el mundo, en interiores y exteriores, por la calle, y hasta en el campo, por las montañas. Son pocas las caras con rasgos orientales que se ven descubiertas, pero no así de occidentales, y me produce cierta repugnancia cruzarme con ellos, observar como los extranjeros abusan una norma que los locales siguen escrupulosamente. Es una falta de respeto comparativa, es como si llevaran escrita en esa cara descubierta el desprecio por la docilidad de sus anfitriones, como si fuera evidente que ellos son más listos y más guapos. A mí también me gustaría quitarme la mascarilla, que resulta bastante incómoda con las gafas, y con tanto cambio de temperatura en locales y transportes, pero me lo impide el pudor, una vergüenza que tengo que, si no fuera conocida y aceptada de buen grado, me resultaría dolorosa. Los japoneses siguen muchas de las normas en Japón por la enorme peer pressure que se respira en todas las actividades, que incrementa notablemente las dificultades para ser diferente. Probablemente yo también sea víctima en alguna medida del efecto de esa presión cuando llevo puesta la mascarilla.

Hace unos días visité el santuario de Ise, cerca de Nara. Las construcciones de los dos templos, los espacios que los rodean y el cuidado de los parques y bosques en los que se encuentran son exquisitos, exuberantes y lujosos, un placer para la mayor parte de los visitantes, religiosos o no. A mí, la visita me produjo cierto desagrado, sobre todo cuando presencié como una señora se acercaba a un sacerdote sintoísta solicitando un rito del que no puedo saber más que lo que vi: la mujer tendió un sobre al sacerdote y se quitó el abrigo, que dejó apoyado en un banco; el sacerdote arrojó una pizca de algo que parecía sal a cada lado de la mujer; ambos rodearon la valla del patio central del templo, inaccesible para los visitantes como yo, y entraron en el recinto; dieron una vuelta un tanto elaborada para colocarse delante de la puerta interior del templo, que estaba cerrada; el sacerdote, entonces, cedió el paso a la señora que se adelantó y, con gran reverencia y recogimiento, dio dos palmadas; entonces volvieron sobre sus pasos. El proceder me pareció tan aleatorio y pretencioso como experimento el de los sacerdotes católicos, a poco esfuerzo de extrañamiento que haga, en las pocas ocasiones en las que tengo que asistir a una misa, generalmente por motivos más bien tristes. Todos los templos son producto del miedo a la muerte, y cuanto más preciosos y cuidados, más me transmiten la sensación de generaciones sucesivas de individuos, a menudo esclavizados, intentado esquivar su angustia a base de derivar recursos hacia la construcción y mejora de esas instalaciones. No es que tenga una postura ideológica sobre eso; esa idea, simplemente, se apodera de mí durante toda la visita impidiendo cualquier otro sentimiento, cualquier disfrute parcial. El ritual sintoísta lo observé ese día desde el mismo, inevitable, punto de vista.

Por todo esto tuve que hacerme a mí mismo una violencia particular cuando, al abandonar el recinto del templo y pasar por debajo del torii, el arco de madera de la entrada, en lugar de darme la vuelta y, mirando hacia el templo, hacer dos reverencias como todos los japoneses que iban junto a mí, continué decidido hacia delante. Seguro que a nadie le importó mi rebeldía, y únicamente yo la sufrí y la disfruté.

Pocos dias

Estoy en los últimos días de “Commuting Time”. Sólo me quedan cuatro tomas, dos en Barcelona y dos en Santiago. Durante el mes de noviembre, hasta el momento, he recorrido en tren unos 24.500 kilómetros (cuatro veces la distancia entre Barcelona y Nueva York, leo online). Habré pasado unas 330 horas en el tren. En una primera impresión, el resultado práctico es cercano a lo que esperaba, el video que estamos grabando, que se podrá ver completo el día 1 de diciembre en la inauguración en la galería ethall en Barcelona, a las 20.00 y en la galería Trinta de Santiago de Compostela el día 7 de diciembre. El resultado de la experiencia artística parece también satisfactorio, aunque todavía no sé cómo me ha afectado hasta que esté más descansado y coja algo de distancia. Es raro, desde luego.

En la página de ethall colgamos hace unos días la toma del día 16 con la explicación del proyecto. Está también en el instagram de Trinta.  

Ethall, 1 de diciembre

https://ethall.weebly.com/manuel-commuting.html

Trinta, 7 de diciembre

https://www.instagram.com/p/ClMf2CIjy3D/

A few days

I’m in the last days of «Commuting Time». I only have four shots left, two in Barcelona and two in Santiago. During the month of November, so far, I have travelled some 24,500 kilometres by train (four times the distance between Barcelona and New York, I can read online). I will have spent some 330 hours on the train. In a first impression, the practical result is close to what I expected, the video we are recording, which will be shown in full on 1 December at the opening at the ethall gallery in Barcelona, at 20.00 and at the Trinta gallery in Santiago de Compostela on 7 December. The result of the artistic experience also seems satisfactory, although I still don’t know how it has affected me until I’m more rested and have some distance. It’s strange, of course.
On ethall’s website we posted a few days ago the shot of the 16th with the explanation of the project. It’s also on Trinta’s instagram.
Ethall, 1st December
https://ethall.weebly.com/manuel-commuting.html
Trinta, 7 December
https://www.instagram.com/p/ClMf2CIjy3D/

Una humilde propuesta – 4

para redimir la fiesta de los toros y devolverle su vigor y nobleza

La sociedad en su conjunto —y algunos grupos de activistas con especial arrojo — clama por la prohibición de la llamada, en España, “fiesta nacional” y con muy buenas razones. Unos pocos la defienden, casi siempre amparándose en la tradición, bien de forma explícita con argumentos airados, o bien de forma tácita mediante el simple acto de comprar un puro e ir a la plaza en cuanto tienen ocasión.

La fiesta de los toros es, en efecto, un resto bárbaro de tiempos que ya han quedado atrás. El espectáculo se ha vuelto innoble, y eso sin llegar al grado en el que los toreros, como se especuló en algún momento, lleven sus trajes de luces cubiertos por anuncios, como sucede, por ejemplo, en las carreras de aparatos a motor de explosión, donde la falta de nobleza y de buen gusto cuentan como algo ventajoso.

Sin embargo, lo queramos o no, la tradición es ahora valiosa, aunque sólo sea por la poca que nos queda. Quizá devolviendo algunos de los aspectos de la fiesta de los toros a las condiciones en las que nació, recupere la nobleza y se pueda dar gusto a todo el mundo.

Por eso propongo humildemente establecer una regla por la que sólo los veganos puedan acceder a la plaza, los pertenecientes a una hipotética peña taurina vegana que certificaría la condición de sus miembros y repartiría las localidades. La fiesta fue en sus primeros tiempos una transgresión que los espectadores -entonces “integrantes” y “oficiantes” todos- experimentaban con recogimiento y comunión entre ellos y con el animal. En nuestros tiempos, sólo los veganos pueden sentir el sacrificio del animal de forma aguda y personal, y sólo los veganos valientes deberían poder ir a la plaza. Para quienes antes de asistir a la muerte del toro se han comido un filete, la muerte en la plaza es una burla al animal, además de a los veganos y al género humano.

No merecen la corrida ni los que saben “de toros”, los que tienen toda la información de ganaderías y de toreros; ni los que saben de técnicas, de historia del toreo, de tipos de pases y de ejemplos históricos; tampoco los que tienen esa intuición artística que les hace disfrutar de una buena corrida y detestar una mala, con la intensidad que nunca la disfrutarán ni detestarán los que no saben; por supuesto que tampoco los que sólo quieren beber de la bota, gritar, o asistir a una cogida. Ninguno de esos la merecen (a menos que a la vez sean veganos, circunstancias que no concurren a menudo). Sólo los que conocen el significado profundo de la fiesta, quienes transgreden sus propios límites, los que saben lo que la muerte del animal significa en la vida y la muerte del ser humano y, todavía más, en su propia muerte personal, pueden llevar la fiesta a su esplendor original. Esos son los veganos. Saber de toros es saber lo que tienen los toros que no se puede aprender en el futbol -fiesta nacional ésta que mejor si estuviera prohibida-.

Si esta solución es atendida y experimentada, se podría después hacer algo parecido con el mundo del arte.

Oil paint

Artforum reports that ninety-two museum directors have signed up a document to denounce the targeting of works of art by climate change activists. How could it be otherwise? What is more important to a museum director than not having his marble soiled, than defending the importance of art and culture, than avoiding these vexing problems? That is his job, that is what his salary and his joy depend on.

Also many sensitive people, lovers of art and cultural objects, believe that the activists are wrong because these works are very valuable, property of all humanity, because it gives a bad image to the cause, because art is aloof of the schemes of the oil industry and polluting governments. Of course, these people are in favour of defending the planet, being as sensitive as they are, but that’s not the way, they think – and they write it in newspapers and blogs, too.

Good. The activists have chosen the correct target – whether they know it or not, whether they do it for the right reasons or the wrong ones. First, because – it should be remembered – culture is the opposite of nature. What is cultivated is what is extracted from its natural state and, in one way or another, for the purpose of exploiting the resources contained in nature. These works targeted, the more culturally valuable they are, the more guilty they are with regard to the destruction of nature. They are guilty, for example, of attracting thousands of tourists who, in order to see them, fly like flies, but on regular airlines, from all over the planet (that is what the directors of the museums want, that more tourists fly to see this «heritage of humanity»).

These works are valuable, and the tip of an iceberg that global warming is fattening while contributing to global warming: how many, lesser-known, works are in museum halls, in basements, in galleries, in artists’ studios, all of them with their modest contribution of CO2 to the atmosphere! How often do these works travel in bulky crates, with their specialised staff, with all the papers in order! How many of them go from one continent to another to art fairs and with them their artists, sellers, collectors, spotters and careerists! How many art gadgets are born in studios all over the world, with their colossal expenditure of raw materials, with their tacit support of the oil companies!

Are these works under attack valuable? So are the ones next to them in the museum. And the cars owned by Sir Norman Foster that were shown at the Guggenheim, and the fashion designers’ suits that have been exhibited in many museums. And – one cannot be elitist – macro-concerts are also valuable, and all the amusement parks, Marvel or Disney, and jet skis are culture; football cups, and local football matches; it goes without saying that gastronomy, whale meat or barnacles, are culture. Because in this democratic world, no one is willing to give up and under this totalitarian regime imposed by the media, these works have the same value as Jenifer Lopez’s tours, for example – for activists, of course, who would gladly throw soup at Jenifer Lopez, for the good of the planet, or glue themselves to her calves with super glue.

I have my objections to the actions of activists and the responses they provoke:

The first condition for defending art – coherently with art – is to know and make explicit its premise: art has no value, let alone art objects.

The first condition for defending the planet – coherently with the planet – is to denounce the real problem it faces, which is neither CO2, oil companies, insidious governments, nor capitalism. It is the arrogance of human beings, their culture but above all, above all, their number. As I wrote recently in a pamphlet book: it’s your children, stupid.

Pintura al aceite

Dice Artforum que noventa y dos directores de museos han firmado un documento denunciando el hecho de que los activistas contra el cambio climático utilicen las obras de arte como objetivos. ¿Cómo podría ser de otra manera? ¿Qué hay más importante para un director de un museo que que no le ensucien el mármol, que defender la importancia del arte y la cultura, que evitar esos problemas enojosos? Ése es su trabajo, de eso depende su sueldo y su alegría.

También muchas personas sensibles, amantes de los objetos artísticos y culturales, creen que los activistas se equivocan, porque estas obras son muy valiosas, propiedad de la humanidad, porque da mala imagen a la causa, porque el arte está al margen de los manejos de la industria petrolera y de los gobiernos contaminantes. Por supuesto que estas personas están a favor de la defensa del planeta, siendo lo sensibles que son, pero esas no son maneras, piensan – lo escriben en los periódicos y en los blogs, también—.

Bueno. Los activistas han escogido el objetivo adecuado – lo sepan o no, lo hagan por las razones correctas o por equivocadas—. Primero, porque —hay que recordar— la cultura es lo contrario a la naturaleza. Lo que se cultiva es lo que se extrae de su estado natural y, de una manera u otra, con el propósito de explotar los recursos que contiene la naturaleza. Estas obras atacadas, cuanto más valiosas culturalmente, más culpables son con respecto a la destrucción de la naturaleza. Son culpables, por ejemplo, de atraer miles de turistas que, para verlas, vuelan como moscas, pero en líneas regulares, desde todos los puntos del planeta (eso quieren los directores de los museos, que más turistas vuelen a ver ese “patrimonio de la humanidad”).

Estas obras son valiosas, y la punta de un iceberg al que el calentamiento del planeta hace engordar a la vez que contribuye más al calentamiento: ¡cuántas obras, menos conocidas, hay en las salas de los museos, en los sótanos, en las galerías, en los estudios de los artistas, todas ellas con su modesta contribución de CO2 a la atmósfera! ¡Cuántas veces viajan esas obras en cajas aparatosas, con su personal especializado, con todos los papeles en regla! ¡Cuántas van de un continente a otro a ferias de arte, y con ellas sus artistas, vendedores, compradores, avistadores y arribistas! ¡Cuántos artilugios nacen en los talleres del mundo entero, con su gasto descomunal de materias primas, con su apoyo tácito a las empresas petrolíferas!

¿Son valiosas estas obras atacadas? Lo serán también las que hay junto a ellas en el museo. Y los coches de Sir Norman Foster que se mostraron en el Guggenheim, y los trajes de modistos que se han exhibido en muchos museos. Y -no se puede ser elitista-, también son valiosos los macroconciertos, y todos los parques de atracciones, de Marvel o Disney, y las motos de agua son cultura; el mundial de fútbol y todas las ligas; ni que decir tiene que la gastronomía, la carne de ballena o los percebes son cultura. Porque en este mundo democrático al que nadie está dispuesto a renunciar y bajo este régimen totalitario que imponen los medios de comunicación, esas obras tienen el mismo valor que las giras de Jenifer Lopez, por ejemplo – para los activistas por supuesto y, con gusto tirarían sopa a Jenifer Lopez, por el bien del planeta, o se pegarían a sus pantorrillas con superglue.

Tengo mis objeciones a las acciones de los activistas y a las respuestas que provocan:

La condición primera para defender el arte – coherentemente con el arte – es conocer y hacer explicita su premisa: el arte no tiene valor y, cuánto menos los objetos artísticos.

La condición primera para defender al planeta – coherentemente con el planeta — es denunciar el problema auténtico con el que se enfrenta, que no es ni el CO2, ni las empresas petroleras, ni los gobiernos insidiosos, ni el capitalismo. Es la arrogancia de los seres humanos, su cultura, pero sobre todo, sobre todo, su número. Como he escrito hace poco en un libro panfleto: son vuestros hijos, estúpidos.

10th of November

Yesterday we shot day ten, which means that a third of the project is done. The video presented in the galleries already reveals part of the content of the conversation between the two actors. It is a self-referential dialogue, which describes the functioning, development and implications of the project. In the first shots, the most practical part, that of my travels, is explained. Then it begins to go over all the issues involved specifically in the work: the cinematographic aspects, the narrative aspects, the relationship with time, with standardisation, with speed and anxiety, with capitalism, with the phenomenon of representation, with trains… I am very grateful to Robert and Bill, who magnificently put into voice what is written. And to Juande and Roi, who make sure everything is ready when I arrive in terms of camera and sound.

I’m more tired than I thought I would be, and there’s still a long way to go. It’s mainly the fault of the train delays, which are at least half an hour every day. It seems that this train line is the one that accumulates the most incidents in Spain. Every minute I’m late means a little less sleep. I have a bit more time in Barcelona, but the gallery is far from the station. In Santiago, the time is very tight.

By this time I already have a significant feeling of unreality. I have had so many seatmates in the last few days! I have heard so many crazy and serious conversations, angry arguments and protests! The onboard sales service has passed by me so many times! The components that contribute to the «unreal» are: tiredness, the repetition of scenery, the repetition of the rounds of the conductor, the feeling of exaltation that sometimes comes over me, the feeling of ridicule and decadence, the lack of physical exercise, the long readings, the effort to edit the video on the laptop, the thirteen hours a day of rattling that my body and my head are subjected to…

The experiment is succeeding, for the moment, as I have felt a few emotions that are not in the script, that I didn’t even know could assail me, and whose descriptions I have written down for when they are just a memory.

More another day.

Tomorrow the exhibition opens at the ethall gallery in Barcelona, together with the inauguration of Marc Larré’s show in the main space.

Día 10 de noviembre

Ayer rodamos la toma diez, lo que significa que está hecha la tercera parte del proyecto. El video que se presenta en las galerías ya desvela parte del contenido de la conversación que mantienen los dos actores. Se trata de un diálogo autorreferencial, que describe propiamente el funcionamiento, el desarrollo y las implicaciones del proyecto. En las primeras tomas se explica la parte más práctica, la de mis viajes. Luego empieza a repasar todos los temas que implica la obra de forma específica: los aspectos cinematográficos, los narrativos, la relación con el tiempo, con la estandarización, con la velocidad y la ansiedad, con el capitalismo, con el fenómeno de la representación, con los trenes… Estoy muy agradecido a Robert y Bill, que ponen en voz magníficamente lo escrito. Y a Juande y a Roi, que se ocupan de que todo esté listo cuando llego en cuanto a la cámara y el sonido.

Estoy más cansado de lo que pensaba que iba a estar, y todavía queda mucho. La culpa, sobre todo, es de los retrasos de los trenes, que todos los días son de una media hora por lo menos. Parece ser que esta línea es la que acumula más incidencias en España. Cada minuto que llega tarde significa algo menos que duermo. En Barcelona tengo un poco más de tiempo, pero la galería está lejos de la estación. En Santiago el tiempo está ajustadísimo.

Para este momento ya tengo una sensación significativa de irrealidad. ¡He tenido ya tantos compañeros de asiento en estos días! ¡he oído tantas conversaciones disparatadas y serias, discusiones airadas y protestas! ¡Ha pasado tantas veces a mi lado el servicio de venta a bordo! Los componentes que contribuyen a lo irreal son: el cansancio, la repetición de paisajes, de revisores, la sensación de exaltación que me viene a veces, la sensación de ridículo y decaimiento, la falta de ejercicio físico, las largas lecturas, el esfuerzo para editar el video en el portátil, las trece horas diarias de traqueteo al que mi cuerpo y mi cabeza están sometidos…

El experimento está teniendo éxito, por el momento, ya que he sentido unas cuantas emociones que no están en el guion, que ni siquiera sabía que me podían asaltar, y cuyas descripciones he apuntado para cuando sean sólo un recuerdo.

Otro día, más.

Mañana se abre la exposición en la galería ethall de Barcelona, junto con la inauguración de la exposición de Marc Larré en el espacio principal.

Commuting Time

Rodaje del día 1 de noviembre en ethall, Barcelona. Fotos de Juande Jarillo

Desde el día uno de noviembre estoy inmerso en uno de esos proyectos absurdos en los que caigo de tiempo en tiempo. También estoy sometido a él; estoy a sus órdenes. Voy a estar todo el mes en un tren, viajando 13 horas diarias, cruzando el norte de España cada día.

Se trata de una doble exposición, en Trinta en Santiago de Compostela y en ethall en Barcelona, con un rodaje y una especie de performance – aunque siento como si esta palabra dignificara una actividad que, sobre todo, es ridícula-. El conjunto se llama “Commuting Time”. Aquí está la nota de prensa de Galería Trinta, donde se explica el asunto con detalle.

“Commuting Time”, o “Cum Tempore”, “C.T.” es una obra de carácter performático que sucede simultáneamente en dos galerías. Durante todo el mes de noviembre se registra en video una conversación entre dos personas, en treinta tomas, conforme al recurso cinematográfico del plano-contraplano. La peculiaridad de esta grabación es que cada toma está realizada en dos ciudades distintas, Barcelona y Santiago de Compostela, alternadamente y 24 horas después. En el medio del plano, asistiendo a la conversación, se encuentra siempre el artista, lo que le obliga a desplazarse cada día físicamente entre esas dos ciudades, un viaje en tren de unas 13 horas que cubre una distancia de 900 kilómetros.

Es decir, mientras el visitante observa esta obra en la galería Trinta/ethall, el artista, con casi total seguridad, o se le está aproximando, o se está alejando él.

Se trata de una operación esencialmente técnica, de una experiencia extremadamente artificial. Para el artista requiere una preparación y disposición de ánimo parecida a la de un viaje espacial, en cuanto a los largos desplazamientos, los objetivos de la misión, las condiciones físicas y psíquicas de los participantes. ¿Cómo mantener una dieta equilibrada, o una buena forma física en esas condiciones de ingravidez?, ¿qué experimentos realizar durante el viaje?, ¿cómo desarrollar las actividades extravehiculares, del tren a la galería y al hotel, del hotel al tren de nuevo en la mañana?, ¿cómo hacer frente las tareas de grabación en las dos estaciones espaciales, en Barcelona y en Santiago? Es necesario ajustar todos los parámetros simultáneamente, coordinar a los actores y a los técnicos, entre ellos y con el artista: sumisión completa a los mecanismos y sus tiempos, un gran esfuerzo de coordinación y sincronicidad, pasivo y activo.

Y total, ¿para qué? La intención, expresada con determinación mediante actos y palabras, es que el video resultante no se distinga del que se obtendría rodando todas las tomas en la misma habitación y en una sola tarde. Es un objetivo que se puede calificar de absurdo conforme a muchos criterios. ¿Pesará más la conversación, a causa de esta cláusula oculta?

Aunque para el espectador no haya diferencia, la obra, sin duda va a tener un efecto en el artista, por este derroche ilógico repetido, de tiempo, de dinero, de energía, por esta serie exhaustiva de actos insignificantes. Su vida este mes se vuelve una constatación de que, sólo en la medida en la que se destruye el tiempo -el tiempo personal, el que le queda de vida-, el arte y la vida —el arte y la muerte— se vuelven equivalentes.

Trinta.net