Democracia – Democracy

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La democracia tiene la culpa del estado actual del mundo, del cambio climático, de la brecha entre ricos y pobres, de la extenuación de los recursos naturales, de la explotación del hombre por el hombre, de las crisis migratorias y, por supuesto, del triunfo de los populismos.

“No. La culpa es del capitalismo”, me contestan.

Democracia y capitalismo, lo mismo me dan porque son lo mismo, porque la una es solo una herramienta del otro, un instrumento para allanar el terreno al paso del capital, un mecanismo de control legislativo, propagandístico y psicológico por el que el capitalismo se protege de los disidentes, una compleja estructura de palos burocráticos en las ruedas de cualquier cambio a mejor.

La única diferencia entre democracia y capitalismo se encuentra en el hecho de que las gentes de buena voluntad del mundo, que quieren lo mejor para la humanidad y para el planeta, claman por “menos capitalismo” al mismo tiempo que exigen “más democracia”. Podría decir que eso es parecido a pedir “más rosas pero menos espinas”, pero de hecho la metáfora “más rosas pero menos pétalos” se adecúa mejor al absurdo fútil de estos anhelos –“más espinas pero menos espinas” es todavía más claro-.

Parece mentira que a nadie, entre esta buena gente del mundo que sin duda existe, que desea el bien para todos, que se lamenta de la forma en la que el ser humano camina hacia la destrucción y que abomina de los fantoches que, poco a poco pero inexorablemente, van tomando el mando de las instituciones mundiales, le resulte sospechoso que la democracia sea defendida por la izquierda y por la derecha, por la extrema izquierda y por la extrema derecha, por los bancos, por los empresarios, por las grandes corporaciones y los pequeños negocios, por los obreros, los ecologistas y los influencers. Todos animan a ir a votar, a celebrar esa fiesta grande de la democracia que son las elecciones. ¿Qué postura política para el cambio puede representar algo que todos apoyan sin restricción? Muchos piensan que en la democracia actual no se puede hacer nada porque no se juega limpio. Algo se podría hacer si llegaran a darse cuenta de que en una democracia no hay juego limpio porque es consustancial al juego democrático la tendencia hacia la inmundicia: es la necesidad de los gobiernos y las corporaciones de jugar sucio lo que hace que las democracias se establezcan y triunfen.

La ventaja principal con la que cuenta la democracia para resultar tan útil al capital es esta: cuando se discute sobre su conveniencia y en lo que se refiere a la vida cotidiana, los medios siempre tienen preeminencia sobre los fines. Sin embargo, dentro del ámbito especulativo y simbólico los fines mantienen intacto todo su poder. La maquinaria propagandística democrática salta con rapidez de un lado a otro, y responde sistemáticamente con los argumentos de la vida cotidiana a las objeciones conceptuales, y con argumentos ideológicos a las demandas sobre las condiciones de la vida de las gentes.

El sufragio es el eje en el que pivota esta virtud, en cuanto que todo esfuerzo se emplea en asegurar el derecho que -según afirma este sistema-, cada persona tiene de emitir su voto. El sufragio es un medio que se convierte en un fin rápidamente cuando impide que el contenido del voto sea significativo y valioso -impide que el voto sea útil, algo que, a su vez, también debería ser tan solo un medio para otro fin más elevado-. Si la consigna primordial de la democracia fuera otra que “una persona, un voto”- si fuera, por ejemplo, “igualdad ante la ley”, “ante las instituciones financieras”, o “igualdad” a secas-, no sería tan fácil usarla para los fines del capital: si las acciones políticas, de gobiernos o de ciudadanos, se contrastaran con el fin de la igualdad en lugar de con el sufragio universal, la mayor parte de ellas quedarían en evidencia como imposiciones del capitalismo. La igualdad frente a las urnas impide todas esas otras igualdades que efectivamente podrían mejor las condiciones sociales -la igualdad de oportunidades, por ejemplo, podría empezar por la igualdad a la hora de presentarse a las elecciones, un ámbito democrático donde los privilegios y las barreras de entrada han sido bien preservadas-.

El fenómeno democrático se convierte en global y su trama impenetrable porque la misma concepción de la democracia contiene un mecanismo por el que sus víctimas se autoproclaman sus portavoces, sus máximos defensores, y los represores últimos e implacables de todo lo que arroje una sombra sobre ella. La ilusión democrática se adhiere fuerte en la capa emocional de los individuos debido a su carácter adulador. Es un hecho claro que cuanto más ignorante es una persona más valora sus pocas ideas. La democracia hace más ignorante a los ignorantes porque les reafirma en las imágenes del mundo en las que ya viven y, como resultado, están siempre dispuestos a defenderlas con más entusiasmo. Es el orgullo, estúpido, es el orgullo.

Esta campaña de propaganda exhaustiva a favor de la democracia que desde hace siglos está  desarrollándose desde todos los ángulos, en los medios de comunicación, en las conversaciones cotidianas, y en el ámbito más íntimo del pensamiento de los individuos y de su amor propio, resulta en un control represor de la sociedad por el que es imposible hacer una crítica del sistema sin aparecer ante los ojos de muchos como un dictador, un privilegiado, un arrogante y un desalmado -y que todas esas cualidades resulten repulsivas-. Probablemente muchos de los que hayan podido leer estos párrafos han pensado cosas parecidas del autor de este artículo ya desde la segunda línea. La democracia es un ideal, lo sabemos, siempre es imperfecta, es un fin hacia el que hay que tender. Sin embargo, ha conseguido la perfección absoluta en su aparato legitimador, acalla cualquier crítica en el mismo momento que empieza a enunciarse, impide cualquier posibilidad alternativa a ese agujero negro que todo lo absorbe, a la consigna irrenunciable de “una persona, un voto”.

“Hay democracias y democracias”, me dicen. Parece que la que tenemos es la mala y que siempre le falta un hervor. La idea del comunismo nunca se contrasta con lo que hubiera podido ser, o con lo que podría llegar a ser, sino con lo que fue -más o menos desfigurado en la narración-. ¿Por qué a la democracia, por el contrario, se le concede ese privilegio de la presunción de inocencia? Toda crítica hacia la democracia se mide con su ideal más platónico y excelso, y los innumerables casos de corrupción, de desigualdad, de consecuencias perniciosas para individuos, instituciones y sociedades, de derivas fascistas, etcétera, todos los horrores del gulag democrático, son desestimados como males menores. A cualquier mención del comunismo sigue indefectiblemente la palabra «Stalin», mientras que las loas de la democracia nunca invocan la que les sería equivalente, e incluso más adecuada, la palabra «Hitler».

No parece difícil defender que un buen rey es mejor que una mala democracia. Que un buen dictador sería mejor que una buena democracia, siendo igual de cierto, es más difícil. Es claro que los dictadores buenos son tan escasos como los mirlos blancos, e incluso esos, al contrario que los mirlos, tienen la tendencia a abandonar su cualidad específica y extraordinaria (la bondad), por indolencia, por debilidad, por presiones de sus enemigos y, sobre todo, por la presión de la democracia. Ahora bien, las buenas democracias son tan escasas o más que los buenos dictadores y tienden a la corrupción de forma naturalmente democráctica. Nunca sabremos si hay dictaduras buenas porque a los presuntos posibles dictadores, de buena o mala voluntad, con buenas ideas e intenciones o sin ellas, se les cuelga sin dilación, bien se encarga de ello el sistema democrático. Las «buenas» democracias que la gente pone como ejemplos, imperfectos pero mejores, están en vías de extinción, porque en ellas el capitalismo -es decir, el espíritu democrático- va venciendo los frenos que la tradición humanista ponía a la democracia -Suecia, como ejemplo destacado-. Las democracias más desarrolladas, como la norteamericana, son las más capitalistas.

Hace años le dije a un amigo de pocos estudios que no creía en la democracia y me contestó semi irónicamente, pero como un resorte, si quería, entonces, que Franco volviera a gobernar. Lo mismo me podría haber respondido con otra frase del repertorio: “¿Quién va entonces a mandar? ¿Tú?”. Todas las objeciones que se hacen a cualquier crítica radical -verdadera- de la democracia son siempre sofisticaciones de esa tan burda, argumentos de oposición solo un poco más evolucionados e informados que ese y, en todos los casos, recursos prefabricados extraídos de las páginas de los periódicos. “Si no democracia, entonces ¿qué?” no es una pregunta inocente, sino un arma arrojadiza contra quien pueda esbozar una respuesta. Si la pregunta fuera genuina se podría contestar: una democracia en la que los votos de los más preparados valgan más que los de los menos. Esa respuesta no significa nada, evidentemente, y habría que analizar muchos factores, de qué manera sería posible y conveniente algo parecido a eso. Sin embargo, da igual, porque la idea nunca puede ser discutida, ni mejorada, ni sustituida por otra mejor, porque toda posibilidad de ir más allá de la democracia se encuentra con risas sardónicas y descalificaciones airadas y violentas. Hay poderosos intereses que se ocupan de así sea.

Probablemente la respuesta ideal a «si no democracia, entonces ¿qué?», sea «fraternidad», un disparate. “Igualdad”, que es un poco más realista, en última instancia es solo un sinónimo de comunismo, una posibilidad que despierta, sobre todo, pereza, e invita a muchos a imaginarse a sí mismos inmediatamente haciendo colas para comprar pan y vodka, tal es la profundidad a la que opera la propaganda democrática en las mentes de sus súbditos. Nadie quiere ser igual, nadie debe ser igual, dice la publicidad en todos los ámbitos.

Democracy

Democracy is to blame for the current state of the world, for climate change, for the gap between rich and poor, for the depletion of natural resources, for the exploitation of man by man, for migration crises and, of course, for the triumph of populism.

‘No. It is capitalism’s fault’, I am told.

Democracy and capitalism, it’s all the same to me because they are the same, because one is just a tool of the other, an instrument to pave the way for capital, a mechanism of legislative, propagandistic and psychological control by which capitalism protects itself from dissidents, a complex structure of bureaucratic sticks in the wheels of any change for the better.

The only difference between democracy and capitalism lies in the fact that the people of goodwill in the world, who want the best for humanity and the planet, are clamouring for ‘less capitalism’ while demanding ‘more democracy’. I could say that this is akin to asking for ‘more roses but fewer thorns’, but in fact the metaphor ‘more roses but fewer petals’ is better suited to the futile absurdity of these yearnings – ‘more thorns but fewer thorns’ is even clearer.

It seems incredible that no one, among these good people of the world who undoubtedly exist, who wish well for all, who lament the way in which human beings are moving towards destruction and who abhor the puppets who, little by little but inexorably, are taking control of the world’s institutions, is suspicious that democracy is the only way to achieve a better world, suspicious that democracy is defended by the left and the right, by the extreme left and the extreme right, by banks, by entrepreneurs, by big corporations and small businesses, by workers, environmentalists and influencers. They all encourage people to go out and vote, to celebrate the great festival of democracy that elections are. What political stance for change can represent something that everyone supports without restriction? Many people think that nothing can be done in today’s democracy because there is no fair play. Something could be done if they came to realise that there is no fair play in a democracy because the tendency towards filth is inherent in the democratic game: it is the need for governments and corporations to play dirty that makes democracies establish and succeed.

Democracy’s main advantage in being so useful to capital is this: when discussing its desirability, and as far as everyday life is concerned, the means always take precedence over the ends. Within the speculative and symbolic realm, however, the ends retain all their power intact. The democratic propaganda machine jumps quickly from one side to the other, and systematically responds with the arguments of everyday life to conceptual objections, and with ideological arguments to demands about the conditions of people’s lives.

Suffrage is the hinge on which this virtue pivots, in that every effort is made to secure the right of every person to cast his or her vote, according to this system. Suffrage is a means that quickly becomes an end when it prevents the content of the vote from being meaningful and valuable – it prevents the vote from being useful, which, in turn, should also only be a means to a higher end. If the primary slogan of democracy were anything other than ‘one person, one vote’ – if it were, for example, ‘equality before the law’, ‘before financial institutions’, or ‘equality’ pure and simple – it would not be so easy to use it for the ends of capital: if political actions, by governments or citizens, were tested against the end of equality rather than universal suffrage, most of them would be exposed as impositions of capitalism. Equality at the ballot box precludes all those other equalities that might actually improve social conditions – equality of opportunity, for example, might begin with equality in standing for election, a democratic arena where privileges and barriers to entry have been well preserved.

The democratic phenomenon becomes global and its fabric impenetrable because the very conception of democracy contains a mechanism whereby its victims proclaim themselves its spokespersons, its ultimate defenders, and the ultimate and implacable repressors of anything that casts a shadow over it. The democratic illusion sticks strong in the emotional layer of individuals because of its sycophantic character. It is a clear fact that the more ignorant a person is the more he values his few ideas. Democracy makes the ignorant more ignorant because it reaffirms them in the images of the world they already live in and, as a result, they are always ready to defend them more enthusiastically. It is the vanity, stupid!

This exhaustive propaganda campaign in favour of democracy that has been going on for centuries from every angle, in the media, in everyday conversations, and in the innermost realm of individuals’ thoughts and self-esteem, results in a repressive control of society whereby it is impossible to criticise the system without appearing to many as a dictator, privileged, arrogant and heartless – and all of these qualities being repulsive. Probably many of those who may have read these paragraphs have already thought similar things about the author of this article right from the second line. Democracy is an ideal, we know, it is always imperfect, it is an end towards which we must strive. However, it has achieved absolute perfection in its legitimising apparatus, it silences any criticism at the very moment it begins to be enunciated, it prevents any alternative possibility to that all-absorbing black hole, to the inalienable slogan of ‘one person, one vote’.

‘There are democracies and democracies’, I am told. It seems that the one we have is the bad one, a bit undercooked. The idea of communism is never contrasted with what it could have been, or with what it could become, but with what it was – more or less disfigured in the narrative. Why is democracy, on the other hand, granted the privilege of the presumption of innocence? All criticism of democracy is measured against its most Platonic and lofty ideal, and the countless cases of corruption, inequality, pernicious consequences for individuals, institutions and societies, fascist drifts, etc., all the horrors of the democratic gulag, are dismissed as lesser evils. Any mention of communism is unfailingly followed by the word ‘Stalin’, while praise of democracy never invokes the equivalent, and even more appropriate, word ‘Hitler’.

It does not seem difficult to argue that a good king is better than a bad democracy. That a good dictator would be better than a good democracy, while equally true, is more difficult. It is clear that good dictators are as rare as white blackbirds, and even those, unlike blackbirds, have a tendency to abandon their specific and extraordinary quality (goodness), out of indolence, weakness, pressure from their enemies and, above all, pressure from democracy. However, good democracies are as rare or rarer than good dictators and tend to be corrupt in a naturally democratic way. We will never know if there are good dictatorships because would-be dictators, whether they have good or bad will, good ideas and intentions or not, are hanged without delay, as the democratic system takes care of that. The ‘good’ democracies that people hold up as examples, imperfect but better, are on the way to extinction, because in them capitalism – that is, the democratic spirit – is overcoming the brakes that the humanist tradition placed on democracy – Sweden, as an outstanding example. The most developed democracies, such as the United States, are the most capitalist.

Years ago I told a friend of little education that I did not believe in democracy and he answered me semi-ironically, but like a spring in his step, if I wanted Franco to return to power. He could have answered me in the same way with another phrase from the repertoire: ‘Who’s going to be in charge then? You?’. All objections to any radical – genuine – criticism of democracy are always sophistries of such crude, opposition arguments only slightly more evolved and informed than that and, in all cases, prefabricated resources culled from the pages of newspapers. ‘If not democracy, then what?’ is not an innocent question, but a weapon hurled at anyone who can venture an answer. If the question were genuine, it could be answered: a democracy in which the votes of the better educated are worth more than those of the less educated. That answer means nothing, of course, and many factors would have to be analysed, in what way something like that would be possible and desirable. However, it doesn’t matter, because the idea can never be discussed, nor improved, nor replaced by a better one, because any possibility of going beyond democracy is met with sardonic laughter and angry, violent disqualifications. Powerful interests see to it that this is the case.

Probably the ideal answer to ‘if not democracy, then what?’ is ‘fraternity’, which is nonsense. ‘Equality’, which is a little more realistic, is ultimately just a synonym for communism, a possibility that arouses, above all, laziness, and invites many to imagine themselves immediately queuing for bread and vodka, such is the depth to which democratic propaganda operates in the minds of its subjects. No one wants to be equal, no one should be equal, says advertising in all areas.

4 respuestas a «Democracia – Democracy»

  1. «una democracia en la que los votos de los más preparados valgan más que los de los menos.» Y no sería la oligarquía quién tuviera la capacidad de preparar mejor a sus sucesores? Segura y lamentablemente, quizás tengas razón: no hay solución

    1. Sí, efectivamente. Pero como digo, esa es simplemente una posibilidad de empezar un diálogo más allá de la dictadura democrática. Incluso tu pregunta está influenciada por la democracia. Por ejemplo, ¿tiene la oligarquía capacidad de preparar mejor ‘moralmente’ a sus sucesores?

  2. Me cuesta simpatizar con la condena de la democracia y su mera identificación con el capitalismo. China, Estados Unidos, Dinamarca, Angola, Ucrania y los Emiratos Árabes son países capitalistas, con unas u otras medidas arancelarias y proteccionistas, con mayor o menor concentración de capitales, pero capitalistas son todos, y con muy diferente apreciación de lo que significa democracia. ¿Y qué hay de esas realidades que apuntan en sentido inverso? Recuerdo el nombre de la Alemania comunista: República Democrática Alemana.
    Hay acepciones de la palabra «democracia» que están demandando cuidados. «Libertad», «librepensamiento», «igualdad», «democracia», etc. son palabras que apelan a una forma mejor de nuestra sociedad y de nosotros. Hay que arrebatar su uso a los hipócritas y manipuladores, y a las redes. Son ellos nuestros enemigos, no las palabras que llegaron para introducir mejorías, como aquellas en las que pensaron Mirabeau y Wilhelm von Humboldt…

    1. No puedo estar de acuerdo, porque esa es la clave del artículo. De nuevo me tengo que poner el sombrero de papel de aluminio y decir que esa simpatía por la democracia y esa vinculación con ideales nobles son provocadas estratégicamente para blindarla, por manipuladores e hipócritas. Es tal la facilidad con la que la democracia se pervierte e impide la igualdad, que la pertenece mucho más a los manipuladores, y es por lo que la mantienen ahí.

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