Enfrentamientos

En el año 2022 se estrenaron dos películas españolas que, a primera vista, son parecidas. Es por sus semejanzas, precisamente, por lo que una segunda mirada revela diferencias entre ellas que invitan a reflexionar sobre cuestiones fundamentales del mundo y del arte. Se trata de As bestas, dirigida por Rodrigo Sorogoyen y de Alcarràs, por Carla Simón.

Las dos historias se desarrollan en un ámbito rural -de Galicia y de Cataluña respectivamente-, en el que irrumpen los nuevos modos de explotación del espacio que impone el mundo tecnológico: en un caso, los montes van a ser coronados con molinos de viento y, en el otro, un campo de árboles frutales será sustituido por una instalación de placas solares. Parece que el conflicto que desencadena la acción tiene su origen, en los dos casos, en la destrucción del entorno natural y de las formas de vida tradicionales que causa la nueva economía energética resultado de las necesidades urbanas.

Y así es en el caso de As bestas. La llegada de los molinos no solo amenaza la paz y la pureza del paisaje natural, sino que el dinero que inyecta en esas comunidades rurales hace que los habitantes de la zona piensen en abandonar sus ocupaciones tradicionales en agricultura y ganadería -que, en lo que muestra la película, se desarrollan en las mismas condiciones que hace siglos- para establecer negocios en la ciudad. Su influencia también destruye las relaciones sociales, hasta el punto de que el protagonista, que quiere recuperar una relación primigenia con la naturaleza y se resiste a la fuerza de la revolución energética, muere a causa de las turbulencias que provoca el dinero.

Alcarràs, por el contrario, si bien se desarrolla en una explotación agrícola, esta se vincula a lo urbano de forma tan compleja que se puede decir que ya no es rural en absoluto. El paisaje que van a destruir las placas solares no es un paisaje natural, sino uno fabril, en el que los árboles han sido dispuestos en forma geométrica para mejor aprovechamiento del espacio, del agua y del sol, y del uso de maquinaria, los ríos han sido encauzados y el desequilibrio ecológico ha creado plagas que han de ser combatidas artificialmente. Además, la economía de los protagonistas depende de los convenios con las grandes cadenas de supermercados y con las políticas europeas, la recolección es confiada parcialmente a inmigrantes africanos. Los protagonistas, jóvenes y mayores, están inmersos en el mundo contemporáneo, con vehículos, discotecas y bailes de tik tok y visitan ocasionalmente la ciudad durante el desarrollo de la película.

Por lo tanto, en la primera, la tradición se enfrenta con la modernidad -lo atávico con lo racional-, mientras que en la segunda un modo de explotación de la tierra -que ya desplazó en su día al tradicional- compite con otro más contemporáneo que se impone ahora por el mismo principio por el que en su día lo hizo el antiguo, el de la rentabilidad. A pesar de lo que sugiere el ambiente que se respira en la película, aquí se enfrentan unos intereses industriales antiguos con otros más recientes.

La tradición en As bestas es oscura, aciaga, sobre todo en contraste con las ilusiones del forastero que intenta abrir un hueco en ella donde crear su parcela de utopía contemporánea. Si aquello que es desalojado por la marcha de la sociedad contemporánea es aquí más antiguo que en Alcarràs, también lo que amenaza esa tradición es más nuevo: no se trata de los molinos de viento, sino de la actitud del protagonista, que tiene en cuenta aspectos socioeconómicos en un ámbito mayor de especulación -incluye entre otras muchas cosas, por ejemplo, los intereses de las compañías noruegas, que quieren sus paisajes limpios de maquinaria-, que los vecinos del pueblo están lejos de considerar.

En As bestas la historia está contada por la Razón, no sólo por la identificación con el protagonista forastero -que es un ejemplo de tolerancia y de pensamiento ilustrado-, sino también por la forma que en la que esta se inscribe en aquella: el relato parece discurrir por una estructura narrativa en la que cada detalle es significante, cada escena, cada plano, cada línea de diálogo han de contribuir inexcusablemente al avance de lo que se expone, este conflicto entre lo atávico y lo racional. Y, sin embargo, a pesar de que esta forma de narrar -por ser, precisamente, racional- favorezca al forastero, también se le ofrece a la otra forma de estar en el mundo que se encuentra aquí en competición, todo el espacio que requiere para expresarse -eso sí, inevitablemente, de forma racional-. Así, el clímax de la película se alcanza en la conversación ultimátum que las partes mantienen en el bar cuando el forastero intenta enfrentar el asunto con decisión –hablar claro, con todos los argumentos sobre la mesa- y fracasa en doble choque frontal. Ahí los lugareños expresan sus razones para querer el establecimiento de los molinos y son, aunque antipáticas, tan lógicas o más que las del forastero. Al fin y al cabo, unas y otras tienen un origen emocional y psicológico -las del forastero decoradas con un relato cargado de romanticismo urbano-.

En Alcarràs, por el contrario, la vida de los protagonistas aparece reflejada en sus aspectos íntimos, mediante una narración desflecada, llena de escenas que, aunque queden justificadas por una función de retrato costumbrista y que contribuyan a la identificación emocional con los protagonistas, no hacen avanzar la historia ni esclarecer la tesis de la película. Esta, si existe, gira alrededor de la inconveniencia de que un vivir cotidiano equilibrado vaya a romperse inevitablemente al final del verano. Por todos los medios cinematográficos a su disposición, la película muestra que estos son los buenos de la fábula, especialmente por la forma en la que representa al otro bando, el de los responsables de la llegada de las placas solares, sin sentimientos, sin identidad -como indios en las películas de John Wayne-: en ningún momento se exponen los motivos de estos, no se muestra a sus hijos -que seguro que también juegan y tienen sus momentos tiernos-, ni el interior de sus viviendas, ni las condiciones por las que toman sus decisiones. El personaje que promueve la instalación -y que va a arrancar los árboles frutales para ello- aparece de forma transversal, con ademán huraño, y tocado con un sombrero que le serviría perfectamente si tuviera que encarnar el papel de capo mejicano de la droga. Si en esta película hay una confrontación entre lo tradicional y lo contemporáneo se da cuando la familia reprocha al abuelo que no haya jugado desde el principio con las mismas armas que los malos, que no haya sido más malo y que haya confiado en el valor de la palabra, en lugar de exigir un contrato a los propietarios de las tierras.

De acuerdo con estas reflexiones aquí apuntadas, y si seguimos los parámetros que marca Albert Camus en su conferencia de 1955 Sobre el porvenir de la tragedia, As bestas es una tragedia y Alcarràs un melodrama, ya que “la fórmula trágica del melodrama sería: ‘Uno solo es justo y justificable’, y la fórmula trágica por excelencia: ‘Todos son justificables, nadie es justo’.” En efecto, mientras que en Alcarràs solo un bando es bueno, en As bestas existen dos mundos irreconciliables, con entidad plena cada uno ellos. Aunque en un principio parezca que la peripecia de As bestas es mucho más rica que en Alcarràs, que hay acciones y contra reacciones, en realidad la atmósfera está petrificada, porque todo lo que sucede únicamente sirve para mantener una tensión “en furiosa inmovilidad, de dos potencias, cubiertas cada una de las dobles máscaras del bien y del mal”. En lo que se refiere a la relación de fuerzas, nada cambia del principio al final de la película, y la actitud del forastero, a la que su mujer da continuidad, es siempre la misma, y se encuentra en la misma oposición con la de los asesinos, así como es la de estos inamovible, y seguro la mantendrán mientras cumplan su condena en prisión.

Lo que quiere el forastero es establecer una negociación, pero se enfrenta con una alteridad radical, no negociable, como la que describe Jean Baudrillard en La transparencia del mal cuando analiza el encuentro entre los españoles y los nativos en las primeras etapas de la conquista de América. El conquistador -francés, en este caso, como muy bien remarca su antagonista- quiere establecer un baremo de intercambio, porque toda relación beneficia a su causa, la de la razón, y con ello -esto, lo quiera o no-, aborda al otro con la actitud irónica de quien conoce tanto lo de aquí y como lo de allá; ya que sabe que sabe, en ese contexto y por más que lo intente, no puede comportarse sino con condescendencia -esto lo he explicado en detalle en La resistible expansión del universo irónico-. Como en toda tragedia, el héroe, que desafía ese estado de cosas y que se cree capaz de negar el equilibrio y la tensión, es castigado por su arrogancia con la muerte.

En un principio, Alcarràs es una película amable, con los beneficios del cine más contemporáneo, dirigido por una mujer, que ofrece una mirada íntima con la que muchas más capas de la sociedad pueden identificarse. As bestas es antigua, incómoda y el espectador puede sufrir por esa imposibilidad de vencer y convencer a lo irracional, que hace desvanecerse la ilusión de que la paz, la armonía universal y el triunfo de la Razón son posibles. En toda su contemporaneidad, Alcarràs es un producto cultural nacido de las condiciones socioculturales del momento, que las acepta, y construye sobre ellas, mientras que As bestas tiene toda la vocación eterna y universal de la obra de arte.

Clashes

The year 2022 saw the release of two Spanish films that, at first glance, are similar. It is precisely because of their similarities that a second look reveals differences between them that invite us to reflect on fundamental questions about the world and about art. They are As bestas, directed by Rodrigo Sorogoyen, and Alcarràs, directed by Carla Simón.

The two stories take place in a rural setting – in Galicia and Catalonia respectively – in which the new ways of exploiting space imposed by the technological world burst in: in one case, the mountains are to be crowned with windmills and, in the other, a field of fruit trees is to be replaced by an installation of solar panels. It seems that the conflict that triggers the action has its origin, in both cases, in the destruction of the natural environment and traditional ways of life caused by the new energy economy resulting from urban needs.

And so it is in the case of As bestas. The arrival of the mills not only threatens the peace and purity of the natural landscape, but the money they inject into these rural communities makes the inhabitants of the area think of abandoning their traditional occupations in agriculture and livestock farming – which, as the film shows, are carried out under the same conditions as centuries ago – to set up businesses in the city. Its influence also destroys social relations, to the point that the protagonist, who wants to recover a primordial relationship with nature and resists the force of the energy revolution, dies as a result of the turbulence caused by the money.

Alcarràs, on the other hand, although represents an agricultural state, is linked to the urban in such a complex way that it can be said that it is no longer rural at all. The landscape that the solar panels are going to destroy is not a natural landscape, but a factory landscape, in which the trees have been arranged geometrically to make the best use of space, water and sun, and of machinery, the rivers have been channelled and the ecological imbalance has created pests that have to be fought artificially. In addition, the economy of the protagonists depends on agreements with large supermarket chains and European policies, harvesting is partly entrusted to African immigrants. The protagonists, young and old, are immersed in the contemporary world, with cars, discos and tik tok dancing, and occasionally visit the city during the course of the film.

Thus, in the first, tradition is pitted against modernity – the atavistic against the rational – while in the second, a way of exploiting the land – which once displaced the traditional one – competes with a more contemporary one that now imposes itself on the same principle as the old one, that of profitability. Despite what the atmosphere of the film suggests, here old industrial interests are pitted against more recent ones.

Tradition in As bestas is dark, fateful, especially in contrast with the illusions of the stranger who tries to open a hole in it where he can create his plot of contemporary utopia. If what is evicted by the march of contemporary society is older here than in Alcarràs, what threatens that tradition is also newer: it is not the windmills, but the attitude of the protagonist, who takes into account socio-economic aspects in a larger sphere of speculation – including among many other things, for example, the interests of Norwegian companies, who want their landscapes cleared of machinery – that the villagers are far from considering.

In As bestas the story is told by Reason, not only because of the identification with the foreign protagonist – who is an example of tolerance and enlightened thought – but also because of the way in which the latter is inscribed in the former: the story seems to run through a narrative structure in which every detail is significant, every scene, every shot, every line of dialogue must inexcusably contribute to the advancement of what is being exposed, this conflict between the atavistic and the rational. And yet, although this form of narration – precisely because it is rational – favours the foreigner, it also gives that other way of being in the world, which is in competition here, all the space it needs to express itself – inevitably, rationally. Thus, the climax of the film is reached in the ultimatum conversation between the parties in the bar when the foreigner tries to confront the issue decisively to speak out, with all the arguments on the table – and fails in a double head-on collision. There the locals express their reasons for wanting the mills installed, and they are, although unpleasant, as logical or more so than those of the foreigner. After all, both have emotional and psychological origins – those of the foreigner decorated with a story laden with urban romanticism.

In Alcarràs, on the other hand, the lives of the protagonists are reflected in their intimate aspects, through a frayed narration, full of scenes which, although they are justified by the function of a portrait of local customs and which contribute to emotional identification with the protagonists, do not advance the story or clarify the thesis of the film. The thesis, if there is one, revolves around the inconvenience of a balanced everyday life that will inevitably break down at the end of the summer. By all the cinematographic means at its disposal, the film shows that these are the good guys in the fable, especially in the way it represents the other side, those responsible for the arrival of the solar panels, without feelings, without identity – like Indians in John Wayne’s films: at no time are their motives exposed, their children – who surely also play and have their tender moments – are not shown, nor the interior of their homes, nor the conditions under which they make their decisions. The character who promotes the installation – and who is going to uproot the fruit trees for it – appears in a cross-cutting manner, with a sullen look, and wearing a hat that would serve him perfectly well if he had to play the role of a Mexican drug lord. If there is a confrontation between the traditional and the contemporary in this film, it is when the family reproaches the grandfather for not having played with the same weapons as the bad guys from the beginning, for not having been more evil and for having trusted in the value of his word, instead of demanding a contract from the landowners.

In accordance with these reflections, and if we follow the parameters set by Albert Camus in his 1955 lecture On the Future of Tragedy, As bestas is a tragedy and Alcarràs a melodrama, since «the tragic formula of melodrama would be: ‘Only one is just and justifiable’, and the tragic formula par excellence: ‘Everyone is justifiable, no one is just'». In fact, while in Alcarràs only one side is good, in As bestas there are two irreconcilable worlds, each with its own full entity. Although at first sight it may seem that the events in As bestas are much richer than in Alcarràs, that there are actions and counter-reactions, in reality the atmosphere is petrified, because everything that happens only serves to maintain a tension «in furious immobility, of two powers, each covered in the double masks of good and evil». As far as the balance of power is concerned, nothing changes from the beginning to the end of the film, and the attitude of the foreigner, to which his wife gives continuity, is always the same, and is in the same opposition to that of the murderers, just as theirs is immovable, and is sure to remain so as long as they serve their prison sentence.

What the foreigner wants is to establish a negotiation, but he is confronted with a radical, non-negotiable otherness, such as that described by Jean Baudrillard in The Transparency of Evil when he analyses the encounter between the Spaniards and the natives in the early stages of the conquest of America. The conqueror – French, in this case, as his antagonist rightly remarks – wants to establish a bar of exchange, because every relationship benefits his cause, that of reason, and with this – whether he wants it or not – he approaches the other with the ironic attitude of one who knows both here and there; for he knows that he knows, in this context and however hard he tries, he cannot behave except with condescension – this I have explained in detail in The Resistible Expansion of the Ironic Universe. As in all tragedy, the hero, who defies this state of affairs and who believes himself capable of negating balance and tension, is punished for his arrogance by death.

Initially, Alcarràs is a friendly film, with the benefits of the most contemporary cinema, directed by a woman, offering an intimate look with which many more layers of society can identify. As bestas is old, uncomfortable, and the viewer may suffer from the impossibility of overcoming and convincing the irrational, which dispels the illusion that peace, universal harmony and the triumph of reason are possible. In all its contemporaneity, Alcarràs is a cultural product born of the socio-cultural conditions of the moment, which accepts them and builds on them, while As bestas has all the eternal and universal vocation of the work of art.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *