Nos unimos a las celebraciones de los cuarenta años de existencia de esa feria de arte que hay en Madrid.

Es heroico que esa feria de arte de Madrid haya podido mantenerse, en la máxima tensión, durante tanto tiempo. A lo largo de los años, en repetidas ocasiones, más de cuarenta voces la han acusado de ser un evento despiadadamente comercial, sin alma. Pero los responsables de la feria siempre la defienden, con palabras y con hechos, con programas de conferencias y secciones experimentales, con la demostración de un largo recorrido de acciones en apoyo de la cultura. Entonces vienen otras voces que se quejan de que esos actos son mediocres, que en ellos sólo se habla de coleccionismo, que la experimentación es puramente comercial, que no ayudan a la cultura, que son una tapadera. A eso la feria aduce que los que así hablan son unos ingenuos: «¿qué esperabais, de una feria de arte? Se trata de vender, de crear un mercado del arte». Entonces otros se apresuran a volver a la carga, diciendo que, para ser una feria, no se venden in pitos ni flautas, que no hay coleccionismo, que todo es dinero público, y los responsables aducen entonces que no es una feria, que es un fenómeno social. Y así, siempre en tensión. Matemáticamente, esa feria que hay en Madrid es un enigma, porque es medio empresa comercial, medio acontecimiento cultural, medio universidad efímera, medio centro de reunión social, medio evento mediático, medio espectáculo para las masas. ¿Cómo es posible que todos esos medios no den un entero, que todos juntos sumen cero? La tensión nunca se relaja, y de la feria nunca sale una flecha.

Durante cuarenta años el arte de Madrid ha estado expuesto a los efectos de su feria de arte. Su andadura se había iniciado después de cuarenta años de dictadura… ¿será por eso por lo que el programa de cuarenta voces que celebran la longevidad de esta feria de Madrid se llama «Double Exposure»? No es posible. Seguramente sea porque todo lo bueno de la feria ahora lo volvemos a experimentar gracias a las voces que lo re-exponen. Las cuarenta voces cantan un coro de elogios, unas con voz grave y otras con voz atiplada, en contrapunto y en armonía, pero siempre de forma elogiosa, mítica, realista y soñadora a la vez.

La feria es un acto bonito de cultura y educación. Es un acontecimiento alegre, que sucede de forma natural y cordial. En ella disfrutan los artistas, los comisarios, y los galeristas. En ella disfruta el público, hasta los más peques disfrutan. Disfruta sobre todo esa parte del público que colecciona obras de arte, porque ama al arte, porque ama a los artistas y a esa feria de Madrid. Ama el arte casi tanto como al dinero, y por eso se deshace de una parte de él para conseguir llevarse a casa algo de arte.

Sería bueno, dadas todas estas condiciones excepcionales, que se vendieran allí obras de arte. En las primeras ediciones había algunas, pero enseguida empezaron a ser sustituidas por piezas. Tiene su razón de ser: las piezas son más sólidas, más fáciles de transportar, duran más y en mejores condiciones, tienen límites bien definidos… En resumen, es lo que piden los coleccionistas, que quieren invertir, y hay que atender a sus gustos, porque son lo que más disfrutan en la feria. De todas maneras, es una pena, porque igual esa feria de Madrid era un buen sitio para vender obras de arte. O quizá no.

Muchas de las voces pertenecen a comisarios, a curators o a curadores, dependiendo de la parte del mundo desde la que han venido a la feria, porque los hay que vienen de muy lejos. Han acudido a Madrid a menudo durante estos cuarenta años, y están muy agradecidos porque la feria les ha puesto en hoteles bonitos, un poco ruidosos, pero es para eso para lo que se viene a Madrid, al bullicio, y para ganarse un jornal. En Madrid siempre se han encontrado con amigos suyos, a los que llamaban «colegas» por pura amistad. Muchas de las voces pertenecen a estos invitados y podría parecer que a la hora de buscar voces que hablen de la feria han elegido las que salen de bocas que han recibido alimentos de su mano generosa, pero no, son voces de profesionales del arte, como corresponde a una feria profesional.

Los comisarios se mueven por la feria como pez en el agua, es decir, sin más consideración sobre el medio y las condiciones en las que nadan. El medio en que desarrollan su arte comisarial se aceptó en su día al por mayor, cuando entraron en la pecera, y ahora ya no hace falta ponerlo nunca más sobre la mesa. Pero dejemos ese tema, porque puede disgustar a las autoridades.

En la feria, los comisarios descubren artistas para sus exposiciones, y eso es bueno. También traen artistas de sus bienales y exposiciones internacionales, y eso es bueno. Traen a varios artistas por cortesía de la galería tal y a otros por cortesía de la galería cual. Es todo muy cortés. Y lo cortés no quita lo valiente.

En lo que se refiere a la selección de artistas, esa feria que hay en Madrid está firmemente construida sobre un principio claro e inalterable: «son todos los que están y están todos los que son». Todos son artistas que lo merecen, porque pertenecen a galerías de arte, pertenecen a la cortesía de las galerías –las voces también, como los artistas, son todas las que están y están todas las que son–. Eso lo sabe todo el que participa en esa feria de Madrid, lo reafirma en cada uno de sus actos, es una verdad a cuarenta voces. Por eso en la feria siempre se pueden ver las mejores piezas, seleccionadas de los artistas mejores, que están en las mejores galerías, es decir, aquellos que están en las galerías que tienen los mejores vendedores, galerías en las que los vendedores tienen acceso a los mejores coleccionistas: las mejores piezas de los artistas en las galerías donde los vendedores tienen más capacidad de presionar cortésmente a los compradores de las colecciones públicas y privadas, y de ejercer el poder, además, con menos escrúpulos, con más gracia y soltura.

No había nada en España cuando llegó esa feria de Madrid. Lo dicen todas las voces.

España era muy ignorante. En eso estamos todos de acuerdo. El público, antes de la feria de arte ésa de Madrid no sabía nada de arte contemporáneo. Cuando apareció la feria no había nada en España, como no había nada en Texas antes de que fueran las compañías petroleras. Las voces dicen: «España era un país atrasadísimo, y la feria hizo mucho para que el público se interesase por marcas buenas de zapatillas deportivas. España era muy ignorante y casi sólo se llevaban mocasines y alpargatas, en lugar de estos productos que nosotros representamos».

Ahora ya no, ya no tanto. Poco a poco va entrando en su mollera que comprar piezas no es algo elitista, que, si eres lo bastante listo y educado, también tú puedes comprar una pieza. Ahora ya los españoles entienden un poco lo que, con tanto esfuerzo y dedicación, Jaume Plensa pone a su disposición.

Las voces se alegran de que la demanda aumente y se lamentan de que todavía debería aumentar más. Insisten que, todavía a día de hoy, al público no le interesa el arte contemporáneo: hay mucha gente elegante en España, que dispone de dinero, y que NO son coleccionistas. ¿Cómo es eso posible? Hay poca cultura. Si comprasen piezas, tendrían más cultura, si tuvieran más cultura comprarían piezas. Bien. Hace falta más cultura. Pero tampoco demasiada, porque no vaya a ser que los millonarios españoles, los empresarios de marcas de ropa, los dueños de constructoras, dejen sus trabajos y se dediquen a pintar, a hacer esculturas, a escribir poesía o a estudiar literatura comparada. Entonces sí que harían un bien a la sociedad y a sí mismos, pero destruirían muchos puestos de trabajo en el sector del arte y en el de las sustancias estupefacientes.

Desde luego es mejor que se gasten el dinero en arte que en yates y en drogas. Es mejor comprar arte que pedir, es mejor pedir que robar. «Desde luego. Pero los hay que vienen a la feria en yate, ya drogados, y compran las piezas con dinero robado», dicen algunos. Puede que haya coleccionistas así, pero seguro que son excepciones y la mayoría de los ricos son coleccionistas, y los coleccionistas son gente honrada. Los ricos, en general, son gente honrada, aunque sean coleccionistas de arte.

En España no había nada cuando llegó esa feria de Madrid, si se hace caso a lo que dicen las voces. Pero luego, al poco, surgieron un montón de instituciones gracias a la feria, y todas las instituciones fueron allí. ¡Qué capacidad ha tenido esa feria de unir a todos los que quedaban! Todos estaban presentes. Han utilizado sabiamente el dinero de los contribuyentes para aumentar el patrimonio nacional de piezas, para cuidarlas y protegerlas, para que los españoles en conjunto, o los de cada comunidad, tuvieran más piezas, con las que disfrutar.

Entre los múltiples apoyos a la feria de todas las fuerzas vivas españolas se encuentra la Corona. La Corona siempre ha ido a donde ha hecho falta ayudar la cultura. El difunto rey Don Juan Carlos se paseaba por los pasillos rodeado de admiradores, y compraba piezas con su dinero, el suyo propio, que había ahorrado los años que había ido a veranear a África. Comprar en esa feria de Madrid es lo que hace la gente elegante y que dispone de dinero.

El público de Madrid, el del Estado Español y, en general, toda la red de profesionales del arte internacionales, están muy agradecidos a esa feria de Madrid. Los artistas del mercado nunca podrán agradecerle lo bastante a la feria, agradecen que les paguen tan bien por dedicarse en exclusiva a producir piezas, y así dejar de ser artistas y poder formar una familia.

Algunos iluminados dicen que hay otro arte en España que no está en esa feria…. ¡Que ocurrencia! Lo hubiera podido haber, quizá, si no hubiera existido esa feria de Madrid… pero de ninguna manera. El arte es lo que hay en esa feria de Madrid.

Menos mal que llegó la feria ¿Imaginas qué hubiera sido del arte contemporáneo en España, sin esa feria? No, claro, porque la ventaja con la que cuenta la feria es, en efecto, la imposibilidad de saber qué sería del arte español si otra opción mejor que la feria de Madrid hubiera sido elegida. Pero no había otra mejor opción, y para demostrarlo siempre se puede mirar a los pobres catalanes, que por pura inconsciencia perdieron la oportunidad de tener la feria de arte de Madrid en Barcelona –de ello da testimonio una de las voces–. ¿Qué arte tienen ahora, los pobres? En Barcelona lo más cercano a las piezas de Madrid son los teléfonos móviles.

Las voces son todas encomiables. Son voces que recuerdan, y agradecen todo lo que han aprendido en esa feria de Madrid. ¡Cuanto hemos aprendido todos con esa feria! Los comisarios aprenden mucho, de la misma manera que un empleado de supermercado aprende en qué pasillo está cada producto, cuál es su composición, el diseño del paquete y el proveedor. Un empleado ejemplar también aprende los productos que pueden complementar a los otros, para ofrecérselos al cliente o para mostrarlos en conjunto –pero eso es sólo en el caso de los empleados más creativos–. Por supuesto, lo que no se le escapa a ningún comisario es el precio de cada uno de los productos porque los más valiosos hay que ponerlos en el escaparate más cercano a la entrada. Ahora tras cuarenta años de ejercicio de la profesión en la feria de Madrid, con facilidad, cualquier comisario habitual de la feria podría llegar a ser jefe de planta de cualquier Corte Inglés.

Los artistas también han aprendido ahí históricamente a clasificar productos y a reponer las baldas, de manera que han sabido encontrar su nicho de mercado. Ahora sí que son productivos. En lugar de dedicarse al arte, a vivir su vida y su muerte, sin método ni disciplina, ahora hacen piezas que encajan en los huecos de la vida de sus coetáneos, y al alcance de sus bolsillos e inteligencias. Los artistas en la feria han aprendido mucho de psicología y sociología, aunque aplicada específicamente al sector de los ricos; aprenden a convertir sus obras poco a poco en piezas –piezas que, si no tuvieran este mercado, no harían, los muy vagos–. Ahora sí que trabajan, porque hay un instrumento para dar salida a su producción, y producen. Hay que hacer piezas para esa feria que ya se acerca, esa feria de Madrid. Y, sin embargo, el sector del arte español está triste porque no le hacen caso en el contexto internacional. Parece que a los extranjeros no les gusta la industria cultural, sólo el arte, y entonces no tenemos nada que ofrecerles, sólo piezas. La única industria cultural que les interesa a los extranjeros es la de las tapas, y la que ellos mismos producen en sus países. No la nuestra.

Los galeristas también han aprendido, sobre todo de camaradería y humildad. La organización de la feria de Madrid hace todo por los galeristas, porque sean felices y ganen dinero. Pone a todos en el lugar en la feria en el que más cómodos se van a encontrar, a cada uno en el suyo. Aun así, algunos galeristas sufren, porque están obligados a venir porque si no nadie les hace caso, y porque además pierden dinero en la feria. Pero eso les pasa sólo a los galeristas malos. Los galeristas buenos son miembros del comité, y están en los sitios más visibles y tienen acceso a descuentos y a ventas mejores a instituciones. Pero todos los galeristas son colegas y se tratan como buenos amigos. Los galeristas, por su parte, también hacen un ejercicio exquisito de educación para acomodar a los artistas, a cada uno lo suyo.

Los únicos que no aprenden nada en la feria son los coleccionistas, porque ya lo saben todo: paseando por los pasillos saben todo lo que les interesa, ya que lo aprendieron cuando pasearon por otros pasillos de otros comercios de otros productos de lujo.

Todos hemos estado allí. Todos hemos aprendido. Todos queremos que continúe, por supuesto. Todos. Y el aprendizaje es importante, pero las voces también destacan la manera en la que la feria ha influido en el arte: lo ha mejorado. Ha hecho que se entendiera mejor pero, sobre todo, lo ha agrandado. Por ejemplo, ha conseguido que la fotografía adquiriera el reconocimiento que merece, y el net art, que antes no se consideraban arte (eso lo sé gracias a que lo dice una de las voces). La ambición de la feria es hacer arte de la ortodoncia, porque los museos españoles no tienen artistas ortodoncistas, ninguna pieza de ortodoncia, nada de arte dentomaxilar. Se están organizando una serie de mesas redondas culturales, sobre el comisariado de ortodoncia y sobre cómo se debe coleccionar, por qué es tan importante hacerlo, preservarlo e invertir en ello.

La feria de Madrid también ha ampliado el mundo del arte en lo geográfico y todavía lo ampliará más. Lugares en los que no habían oído nunca hablar de Plensa ahora están plenamente integrados en el circuito de la alta cultura. El futuro de la feria hace pensar que el Congo pueda invertir en la feria de Madrid todo lo que se dejó Leopoldo. Que aporten a la feria de Madrid también algún artista original del país, uno que haya estudiado en Nueva York, en Cooper Union, por ejemplo. Las obras, cuidado, han de ser seleccionadas por comisarios de Madrid: de acuerdo que no sea arte español, pero que sea decidido por los comisarios españoles, que es casi lo mismo, dado el carácter independiente de esos comisarios. Dice una de las voces.

Resumiendo, la feria de Madrid es perfecta. El perfeccionamiento de la feria ha hecho que no haya ninguna obra de arte molesta, y que hayan desaparecido de ella todos los galeristas que tenían algún interés en el arte. Ahora es mucho más divertida, y genera pasiones, emociones intensas, como entrar en un local de apuestas callejero. El interés cultural de la feria es tan alto que, a veces, «hasta nos olvidamos para qué son las ferias. Es una suerte que a veces olvidamos que el objetivo de la feria es vender». Eso sucede a veces, con mucha autosugestión y ganas de pasárselo bien, dicen las voces. Pero lo normal es que se acuerden de vez en cuando:

  • Hay que sacar a los mercaderes del templo.
  • Un momento… la feria no es un templo.
  • ¡Ah! Es verdad. Que los vuelvan a meter a todos.

Además, esa feria de Madrid es espectacular. En efecto, la palabra «intensidad» es la que mejor define la feria de Madrid. Es sensacional, y sensacionalista. Por eso son tan apreciadas las piezas que se vende ahí. Les gustan a los periodistas, sobre todo a los que les gusta mucho el arte algunos días seguidos al año. Como buque insignia del arte español, como portaviones del arte español, la feria absorbe toda la atención, todo el dinero, toda la actividad. Hay que entender que para las instituciones es muy cómodo porque en la feria pueden comprar de una vez todo lo que necesitan para el año, y la feria se lo lleva a casa sin un coste extra (si tienen Prime). Para los artistas y galeristas también es cómodo: con los periodistas, los políticos y las instituciones viviendo la feria con tanta intensidad, los galeristas y artistas quedan liberados y pueden dedicarse el resto del año a preparar las fallas del año siguiente.

Esta feria ha triunfado durante cuarenta años. Como feria, por sus altas ventas y la satisfacción de proveedores y usuarios finales. Como instrumento en una democracia, ya que en la feria las clases sociales quedan abolidas por unos días, todos juntos, sin favoritismos ni privilegios, todos están unidos en el disfrute de la comercialización del arte, en la celebración de la ceremonia de transustanciación por la que los ready-mades se convierten en dinero.

Dicen que la feria no tiene autocrítica. La tiene en abundancia, en forma de crítica institucional, en los stands, a muy buenos precios. El problema, por tanto, en todo caso, serían las críticas que les hacen otros, aunque todo tiene fácil solución. Porque la feria de Madrid, por ejemplo, tiene gran responsabilidad frente al medio ambiente. De acuerdo que las moquetas que la feria ha utilizado en estos cuarenta años podrían cubrir el suelo de todas las calles de Madrid, y con el plástico de burbujas se podría hacer un Christo Vladimirov desde Alcobendas a Fuenlabrada –grabados suyos a muy buen precio en la feria, por cierto–, pero el gasto de moqueta es necesario, porque si no, ¿cómo se ganarían la vida los artistas, sin la feria? Además, la feria es prácticamente «kilómetro cero», ya que sucede a menudo que un coleccionista ruso, por ejemplo, compre la obra de un artista ruso en una galería rusa, en la feria de Madrid. La hubiera podido comprar en la misma galería en Miami, en Basilea o en Moscú, donde estuvieron todos hace unas semanas –allí también tienen ferias, aunque no tan simpáticas como la de Madrid– pero el coleccionista la compra en Madrid porque es una feria más sostenible que las demás. De todas maneras, queda mucho por hacer, como dicen las voces: «la pandemia ha sido una gran lección y la feria, también, tiene que ponerse las pilas en salvar el planeta». Por ejemplo, hay una voz que viene de París, que a partir de ahora vendrá a la feria en tren, para ayudar a salvar el planeta. Y se va a reciclar la moqueta usada, se va a enviar a ferias más modestas.

También los serios empresarios del norte a veces critican la feria de Madrid, por el pequeño desorden que representa, porque se llega tarde y se vende poco, porque la gente trasnocha demasiado y se atiende a los coleccionistas con resaca, a la mañana siguiente. Pero están contentos de asistir, de encontrarse con gente, de las noches de juerga. Eso es lo que distingue a Madrid, lo que hace único a la feria de Madrid. Esta feria es la institución que nos conecta con el exterior, dice una voz.

Que quede constancia de que el buen estado del arte español no es mérito únicamente de la feria. Hemos contribuido todos. Y también ha hecho mucho por el éxito internacional la galerista que ha tenido más mano con instituciones y coleccionistas, durante décadas –a ella debemos, por ejemplo, la homogeneidad de las colecciones españolas–. También hay que reconocer la ayuda del mejor museo de los mejores museos del país, que es el buque insignia… no, que es jefe de escuadrilla del arte español, siempre en formación, conducido siempre con mano firme, sin que ninguna de las condiciones sociales, ni de las necesidades del arte, ni de los deseos de los artistas, le hayan hecho cambiar de rumbo. Pero elogios para éstos han de dejarse para más adelante, para cuando cumplan cuarenta años.

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